LinkedIn: la hoguera de las vanidades profesionales
Francisco Zambrano
Me gusta escribir artículos, es parte de mi oficio. En ellos reflexiono sobre mi vida cotidiana y sobre mi profesión. Trato de extraer enseñanzas, sistematizar experiencias en conocimientos y dejar algún aporte que pueda trascender y ser de utilidad a alguien más de mi gremio. Sin embargo, en los últimos días una idea ronda mi cabeza: además de que los artículos me ayudan a reflexionar sobre un tema y me hace muy feliz escribirlos —es mi pasatiempo y, a veces, también mi motivación—, ¿tienen una utilidad pública en un mundo donde hoy hay una saturación informativa y la IA escribe artículos por millones, tal vez mejores que los míos?
Publico un artículo, lo comparto en LinkedIn y llegan algunas reacciones. Hasta ahí, todo bien. Lo incómodo empieza cuando me pregunto cuántos lo abrieron, quiénes lo leyeron y si alguno encontró algo que le sirviera. Porque una cosa es recibir un aplauso y otra conseguir atención.
¿Los blogs aún sirven para conectar con nuestros públicos clave?
Quienes trabajamos en comunicación deberíamos hacernos esa pregunta antes de escribir e incluir el siguiente artículo en nuestros contenidos.
Todos expertos, ¿quién está leyendo?
LinkedIn tiene una peculiaridad: todos somos profesionistas expertos (seamos honestos, muchos así nos presentamos), todos tenemos algo que enseñar. Aprendizajes, metodologías, experiencias y claves del éxito. A veces parece una convención de conferencistas donde nadie quiere sentarse entre el público.
Mi sospecha es que, entre colegas, reconocer el tema basta para descartarlo: «Esto ya me lo sé». Aunque conocer las “palabras clave” no garantiza comprender el asunto y mucho menos ser experto.
Rozenblit y Keil estudiaron esa distancia: las personas tendemos a creer que entendemos ciertos fenómenos mejor de lo que podemos explicarlos. La confianza empieza a desinflarse cuando toca dar detalles. Su investigación no fue sobre LinkedIn, pero ofrece una pregunta pertinente: ¿cuántas lecturas evitamos porque creemos que ya no tenemos nada que aprender?¹
Publicar sin tener algo que decir
También habría que revisar qué estamos ofreciendo.
Hoy basta pedirle a la IA: «Hazme un artículo sobre manejo de crisis en México». En segundos la IA nos da un artículo artificialmente bien escrito sobre la importancia de la transparencia, la contención de daños, la comunicación oportuna con públicos clave y cinco recomendaciones que podrían servir para cualquier empresa, en cualquier país. México quedó en el título, pero el artículo es estándar, sin alma, sin experiencia humana.
La IA puede ser útil, ayuda a investigar, discutir y afinar una idea. Pero también permite a los “profesionistas expertos”, apurados en construirse una buena reputación, entregar un texto sin haberse tomado la molestia de construir una idea. Esa comodidad puede minimizar el trabajo de todos los que publicamos contenido aún basado en las experiencias particulares.
No tengo datos para atribuirle a la proliferación de artículos hechos con IA la pérdida de interés por los blogs. Sí una sospecha: cuando muchos artículos parecen intercambiables, el lector tiene pocos motivos para abrir el siguiente. Su tiempo cuesta, aunque producir contenido salga cada vez más barato.
El aplauso entre colegas: ¿comunicación o cortesía?
Un colega puede reaccionar porque le interesó el argumento. También porque nos aprecia, porque trabajamos juntos o porque ayer comentamos su publicación. La cortesía profesional tiene su lugar. El problema comienza cuando la registramos como influencia.
Las reacciones visibles pueden contar una historia distinta de lo que pasa con el texto. Alguien puede leerlo completo y guardar silencio; otro puede felicitarte sin pasar del título.
La distancia entre interacción y lectura está documentada: un estudio publicado en Nature Human Behaviour encontró que alrededor del 75 % de los enlaces reenviados en su muestra de Facebook se compartieron sin un clic previo. Eran noticias en Facebook, no blogs en LinkedIn. Pero el hallazgo basta para dejar de tratar cada interacción como comprobante de lectura.²
Además, ¿quién está reaccionando? ¿El director de comunicación al que queremos llegar o los mismos consultores con quienes intercambiamos felicitaciones?
¿Entonces qué hago, dejo de escribir?
El informe Edelman–LinkedIn de 2025 ofrece un contrapeso: los decisores declaran valorar contenidos que informan y cuestionan sus perspectivas. Es una encuesta, no una garantía de resultados para nuestro próximo artículo. Aun así, obliga a tomar en serio la posibilidad de que haya lectores buscando algo útil.³
Antes de declarar muerto al blog, revisaría qué decimos, a quién queremos llegar y qué evidencia tenemos de haber conectado. Una conversación con un posible cliente puede decir más que cincuenta felicitaciones. Una pregunta sobre el argumento, más que cien impresiones.
La hoguera de las vanidades también nos calienta y, por qué no decirlo, también nos motiva a quienes escribimos. Tal vez no tenga suerte, tal vez sea mal escritor, tal vez mis escritos estén llenos de obviedades, pero lo bailado nadie me lo quita.
⸻
³ Edelman y LinkedIn (2025). B2B Thought Leadership Impact Report.