¿El show debe continuar?
Lecciones de la Cláusula Van Halen para los eventos masivos
Durante décadas circuló como una de las grandes historias de los excesos del rock: Van Halen exigía en sus contratos que, antes de cada concierto, hubiera un tazón de M&M’s en los camerinos de la banda, pero con una condición muy particular: no podía haber un solo dulce de color marrón.
Parecía el capricho perfecto de una banda de rock de los años ochenta. Y en pleno 2026, parece que sigue siendo una de las “excentricidades” de artistas como Bad Bunny, Lady Gaga, Madonna o Luis Miguel. No lo es. Detrás de aquellas aparentemente absurdas exigencias hay una sofisticada herramienta de prevención de riesgos.
La famosa Cláusula Van Halen
La Cláusula Van Halen es motivo de estudio en universidades de Estados Unidos, también se aplica en el ámbito empresarial y de la comunicación corporativa. Incluir “trampas” en contratos o procedimientos puede garantizar que todos los detalles, por más insignificantes que parezcan, se cumplan rigurosamente.
Las giras de Van Halen requerían una producción extraordinariamente compleja para su época. Escenarios, estructuras, iluminación, instalaciones eléctricas, equipos de sonido y toneladas de infraestructura debían instalarse de acuerdo con especificaciones técnicas muy precisas.
Un error podía afectar el espectáculo, pero también podía poner en riesgo a músicos, trabajadores y público. Por ello, los contratos de la banda incluían largas listas de requerimientos que los promotores locales debían cumplir.
Entre todas aquellas especificaciones aparecía una particularmente extraña: colocar M&M’s en el backstage, pero retirar los de color marrón. La lógica era sencilla.
Si David Lee Roth llegaba al camerino y encontraba un M&M marrón, tenía una señal inmediata de que probablemente alguien no había leído cuidadosamente el contrato. Y si habían ignorado una disposición tan sencilla, había razones para preguntarse qué otros requerimientos -eléctricos, estructurales o de seguridad-, tampoco habían sido atendidos.
Los M&M’s no eran el problema. Eran la alerta.
El diablo está en los detalles
La historia de Van Halen encierra una lección que trasciende ampliamente a la industria del entretenimiento. Los grandes riesgos no siempre comienzan con grandes errores. En muchas ocasiones empiezan con una pequeña omisión, una autorización que nadie verificó, un procedimiento que se dio por cumplido, un correo que no llegó a la persona adecuada o una modificación de último momento que nadie comunicó.
El problema es que las organizaciones suelen tener manuales, protocolos y procedimientos extraordinariamente detallados, pero pocas veces cuentan con mecanismos sencillos que permitan comprobar que realmente están siendo aplicados. Eso era precisamente la Cláusula Van Halen. No sustituía los protocolos de seguridad, sino que permitía detectar rápidamente cuándo había razones para desconfiar de su cumplimiento.
Prevenir también significa saber detenerse
Un ejemplo reciente permite entender la vigencia de este principio.
El 6 de septiembre de 2026, durante el segundo día del Festival Arre en el Autódromo Hermanos Rodríguez de la Ciudad de México, fuertes lluvias obligaron a suspender temporalmente las actividades.
Los organizadores informaron la decisión a través de las pantallas instaladas en los escenarios y pidieron al público seguir las indicaciones del personal. El mensaje tenía una prioridad clara: la seguridad de los asistentes. Después de casi una hora, cuando las condiciones lo permitieron, las actividades se reanudaron.
La decisión puede parecer sencilla, pero encierra uno de los principios fundamentales de cualquier sistema de prevención de riesgos: cuando cambian las condiciones originalmente previstas, es necesario volver a evaluar si existen las condiciones para continuar.
La pregunta no debe ser únicamente: ¿podemos seguir? También debe ser: ¿debemos seguir?
¿Cuál es la “Cláusula Van Halen” de una empresa?
La lección resulta especialmente interesante para la comunicación corporativa y el manejo de crisis.
Prácticamente todas las grandes organizaciones tienen procedimientos. Algunas cuentan con manuales de crisis, matrices de riesgo, protocolos de seguridad, políticas de comunicación, cadenas de autorización y comités encargados de responder ante situaciones extraordinarias.
Pero existe una pregunta mucho más incómoda: ¿Cómo sabemos que realmente funcionan? Ahí es donde el principio de Van Halen adquiere valor empresarial.
Las organizaciones necesitan identificar pequeñas señales que permitan detectar problemas mayores antes de que éstos se conviertan en una crisis. Puede ser una llamada que nadie respondió, una autorización que no quedó documentada, un vocero que desconoce el protocolo, una versión diferente de los hechos entre dos áreas de la misma empresa, un cambio operativo que no fue comunicado, una instrucción aparentemente menor que alguien decidió ignorar. Cada una puede convertirse en un “M&M marrón”. Por sí sola quizá no represente una crisis. Pero puede ser la evidencia de que algo más profundo está fallando.
Comunicación y operación deben funcionar juntas
Uno de los errores más frecuentes en manejo de crisis es considerar que la comunicación comienza cuando ocurre el incidente. Para entonces, muchas veces ya es demasiado tarde. La comunicación debe formar parte de la prevención.
Las áreas operativas necesitan saber qué deben reportar, cuándo hacerlo y a quién. Los responsables de comunicación deben conocer los riesgos de la operación. Los voceros deben recibir información confirmada, o la dirección debe tener mecanismos que permitan detectar rápidamente cualquier desviación respecto de los procedimientos establecidos. Cuando estas cadenas funcionan, una organización puede reaccionar con rapidez. Cuando no funcionan, aparece uno de los fenómenos más dañinos durante una crisis: distintas áreas comunicando diferentes versiones de un mismo acontecimiento. La incertidumbre operativa se convierte entonces en incertidumbre informativa y, finalmente, en un problema reputacional.
La supervisión no termina cuando comienza el evento
Existe otra enseñanza importante. Los protocolos no pueden limitarse a una revisión previa. Las condiciones cambian. En un concierto puede cambiar el clima, instalarse un equipo adicional o modificarse una estructura. En una empresa puede surgir un incidente tecnológico, aparecer información inesperada, cambiar una decisión regulatoria o producirse una situación que no estaba contemplada originalmente.
La prevención, por lo tanto, requiere supervisión permanente. El Festival Arre ofrece un ejemplo reciente: las condiciones meteorológicas cambiaron y las actividades se detuvieron temporalmente. Continuar automáticamente porque el evento ya había comenzado habría significado ignorar una nueva variable de riesgo. Van Halen aplicaba exactamente esa lógica. Encontrar un M&M marrón no significaba necesariamente que el escenario fuera inseguro. Significaba que había aparecido una señal que justificaba volver a revisar.
¿Dónde están los M&M’s marrones?
La verdadera genialidad de la Cláusula Van Halen no estaba en los chocolates. Estaba en diseñar una señal extremadamente sencilla para detectar un problema extraordinariamente complejo. Más de cuatro décadas después, la pregunta sigue siendo pertinente para cualquier empresa que tenga protocolos de seguridad, cumplimiento, operación o manejo de crisis.
¿Cuál es nuestra Cláusula Van Halen?
¿Qué pequeño indicador nos permitiría saber que alguien no siguió el procedimiento, que una instrucción no llegó a su destino o que un protocolo que suponemos funcionando en realidad no se está cumpliendo? Las organizaciones suelen prepararse para responder a las grandes crisis. Quizá también deberían aprender a buscar los pequeños M&M’s marrones que aparecen antes de que esas crisis ocurran.
Cuenta la leyenda que David Lee Roth, el principal integrante de Van Halen, destrozó su camerino al encontrar M&M´S marrones, previo al concierto que iba a dar su banda en Colorado. No se sabe con certeza si esto efectivamente sucedió, pero lo que sí es completamente cierto es la existencia de la Cláusula 126 en sus contratos.